No tengo tiempo para odiar, prefiero amar a los que me aman

No tengo tiempo para odiar, prefiero amar a los que me aman

No tengo tiempo para odiar, prefiero amar a los que me aman

Última actualización: 04 agosto 2016

Quienes invierten gran parte de su tiempo en alimentar el odio hacia quienes no quieren su bien olvidan una cosa muy importante: amar a quienes realmente los aman.. El odio y el rencor son dos enemigos siniestros y persistentes que suelen echar raíces muy profundas en muchas mentes. Porque, en realidad, son trampas en las que acabamos nosotros mismos, atrapados por las emociones negativas tan autodestructivas.



Se suele decir que “el odio es lo contrario del amor” cuando, sin embargo, no es del todo cierto. Odiar es un ejercicio privado pero cruel, en el que se entrelazan distintas emociones: de la ira a la humillación o la aversión. Nos encontramos ante un instinto muy primitivo que por su fuerza y ​​su impacto en nuestro cerebro puede hacer que dejemos de dar prioridad a lo realmente importante, como nuestro equilibrio o las personas que nos quieren.

Tanto Aristóteles como Sigmund Freud definieron el odio como un estado en el que está presente el sentimiento de violencia y aniquilamiento. Martin Luther King, por su parte, hablaba de esta emoción como de una noche sin estrellas, una dimensión tan oscura en la que sin duda el ser humano pierde su razón de ser, su esencia.. Es claro que estamos en el extremo más peligroso del ser humano y, por eso, los invitamos a reflexionar sobre el tema.

El odio no es ciego, siempre tiene una razón.

El odio no es ciego, tiene un objetivo concreto, una víctima, un colectivo o incluso valores que no se comparten y ante los que se reacciona. Carl Gustav Jung, por ejemplo, hablaba en sus teorías de un concepto que no deja de ser interesante: la sombra del odio o la cara oculta del odio.



Según esta perspectiva, mucha gente llega a despreciar a los demás porque ven en ellos ciertas virtudes que ellos no ven. Un ejemplo sería el hombre que no soporta que su esposa triunfe en su carrera o el compañero de trabajo que alimenta sentimientos de odio y desprecio por otro, cuando en realidad en lo más profundo de su ser lo que siente es envidia.

Podemos ver claramente que el odio nunca es ciego, sino que responde a razones válidas para nosotros. Otra prueba de ello la encontramos en un interesante estudio publicado en 2014 en la revista “Asociación para la ciencia psicológica”, titulado “Anatomía del odio cotidiano”. La obra trató de revelar cuáles eran las formas de odio más comunes en el ser humano y a qué edad se “empieza a odiar” por primera vez.

El primer dato relevante es que el odio más intenso casi siempre se genera hacia personas muy cercanas a nosotros. La mayoría de los entrevistados manifestó que durante el transcurso de su vida había odiado con intensidad 4 o 5 veces.

  • El odio casi siempre se centró en los miembros de la familia o compañeros de trabajo.
  • Los niños comienzan a odiar alrededor de los 12 años.
  • El odio se presentó en el estudio como un elemento muy personal. Puedes despreciar a un político, a un personaje o a cierta forma de pensar, pero el odio auténtico, el más verdadero, se proyecta casi siempre hacia personas concretas del círculo más íntimo.
 

El odio es la muerte del pensamiento y la libertad.

Buda dijo, quien te hace enojar te domina. Lo que despierta en nosotros el odio y el rencor nos hace prisioneros de una emoción que, lo creas o no, se expande con la misma intensidad y negatividad. Pensamos en este padre de familia que vuelve a casa lleno de rencor hacia sus jefes y que día y noche comunica su desprecio, su aversión a su mujer e hijos. Todas esas palabras y ese modelo de conducta se derraman indirectamente sobre los pequeños.



También sabemos que no es tan fácil apagar el fuego del odio en nuestros cerebros. Parece que conceder el perdón a quienes nos han herido o humillado es como cojear, pero nadie merece una existencia prisionera, sobre todo si descuidamos el aspecto más importante: permitirnos ser felices. Vive en libertad.


Por lo tanto, vale la pena reflexionar sobre las siguientes dimensiones.

Cómo liberarnos de la trampa del odio

El odio tiene un circuito cerebral concreto que se adentra en las áreas encargadas del juicio y la responsabilidad, alojadas en el córtex prefrontal. Como indicábamos al principio, el odio no es ciego, por lo que podemos racionalizar y controlar estos pensamientos.

  • Libera el rencor con la persona responsable argumentando el motivo de tu malestar y tu dolor, de forma asertiva y respetuosa. Exprese sus emociones dejando claro que la otra parte probablemente no lo entienda ni comparta su realidad.
  • Tras este exabrupto, después de haber aclarado tu posición, define un final, un adiós. Libérate de este vínculo de malestar a través del perdón, si es posible, para cerrar mejor el círculo y "liberarte" de él.
  • Acepta la imperfección, la disonancia, el pensamiento contrario al tuyo, no permitas que nada arruine tu calma, tu identidad y menos tu autoestima.
  • Apaga el ruido mental, la voz del rencor y enciende la luz de la emotividad más satisfactoria y positiva. La que merece ser alimentada: el amor de tus seres queridos y la pasión por lo que te hace feliz y te identifica.

Es un ejercicio sencillo que debemos practicar todos los días: la liberación absoluta del odio y el rencor. 


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