Miedo a la oscuridad: hablan los neurocientíficos

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Miedo a la oscuridad: hablan los neurocientíficos

El miedo a la oscuridad a menudo se ha asociado con la infancia o con traumas infantiles. Sin embargo, la neurociencia nos dice que este miedo está de alguna manera inscrito en nuestra especie.

Última actualización: 16 septiembre, 2021

El miedo a la oscuridad es común no solo entre los niños, pero también entre un buen número de adultos. Somos animales diurnos y el sentido que más usamos es la vista, que gana cuando se ilumina lo que queremos ver.



El miedo a la oscuridad a menudo se asocia con la infancia o con traumas infantiles. Sin embargo, la neurociencia ha descubierto que hay mucho más. Aparentemente este miedo está de alguna manera inscrito en nuestra especie.

La ausencia de luz nos limita, nos vuelve torpes. No sabemos dónde están los obstáculos, a veces ignoramos lo que nos rodea y, al final, tendemos a ponernos más a la defensiva porque aumenta la incertidumbre sobre el entorno que nos rodea. Todo indica que el miedo a la oscuridad está asociado al funcionamiento del cerebro.

"No hay suficiente oscuridad en todo el mundo para apagar la luz de una pequeña vela".

-Robert Alden-

Una investigación sobre el miedo a la oscuridad

Se han realizado investigaciones que pueden aportar datos interesantes sobre el miedo a la oscuridad. Lo estudio es se publicó en PLoS ONE en junio de 2021 y fue dirigido por neurocientíficos de la Universidad de Monash en Australia.

En un entorno de laboratorio controlado, 23 voluntarios se conectaron a un sistema de escaneo cerebral para monitorear su actividad durante el experimento.


Entonces estaban pasando por momentos de oscuridad y luz. Los cambios en términos de iluminación ocurrieron cada 30 segundos. Los investigadores tienen tanto descubrió que en la oscuridad la amígdala su actividad aumentó.


Cuando se encendía la luz, viceversa, se reducía. De manera similar, se introdujeron rangos de luz tenue que permitieron que la amígdala mantuviera niveles intermedios de actividad.

El miedo a la oscuridad según la neurociencia

La amígdala forma parte del sistema límbico y juntas son responsables de nuestra reactividad emocional más primitiva. Concretamente, desde esta zona del cerebro depende de las sensaciones asociadas al miedo. Activa un mecanismo de alerta ante la presencia de un estímulo percibido como peligroso o amenazante.

Por otro lado, el la luz no solo afecta la buena visibilidad, sino que también realiza otras funciones. Es fundamental regular los ritmos circadianos, que marcan los periodos de actividad y descanso. Asimismo, afecta al estado de ánimo, hasta el punto de que en ocasiones es una diana farmacológica en los tratamientos contra la depresión.

El experimento realizado por científicos de la Universidad de Monash confirma el vínculo entre la luz, la amígdala y el miedo. Cuando se activa la amígdala, en momentos de oscuridad, aumenta la sensación de miedo. En el momento de la desactivación, es decir, cuando hay luz, el miedo se reduce.

Los investigadores también encontraron que los cambios en la activación son muy rápidos. Se estima que la amígdala responde a los estímulos en un período no superior a 100 milisegundos. En otras palabras, es prácticamente automático.


Un miedo atávico

Los neurocientíficos han descubierto que la el miedo a la oscuridad tiene un referente fisiológico determinante. Describieron cómo funciona este proceso y sugirieron posibles explicaciones para su origen. Sin embargo, la razón por la cual la ausencia de luz es tan significativa en los humanos puede ser de naturaleza evolutiva.


En la oscuridad somos mucho más vulnerables y nuestros cerebros "saben". La visión pierde nitidez, lo que tratamos de compensar aumentando los niveles de alerta; esto significa que procesamos cualquier entrada más rápido para reaccionar en caso de una amenaza.


Seguramente los primeros humanos ya sentían cierta preocupación cuando se ponía el sol. Esta fue precisamente una de las razones por las que el descubrimiento del fuego supuso una auténtica revolución.

También el el miedo a la oscuridad puede considerarse un componente del instinto de supervivencia. El mero hecho de que no haya luz representa un riesgo, por lo que se activan los mecanismos de alerta.

Sin embargo, cuando no hay riesgo y todavía hay mucho miedo, podría estar hablando de un problema diferente.

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