Lo que el recuerdo más antiguo de tu infancia revela sobre ti

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Louise Hay
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FUENTES CONSULTADAS:

wikipedia.org

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¿Cuál es el primer recuerdo de tu infancia? ¿Alguna vez te has preguntado por qué exactamente eso y no otro?

Las investigaciones indican que los primeros recuerdos de la mayoría de las personas se remontan a tres años y medio, antes de que ocurra lo que se llama "amnesia infantil". Sin embargo, estudios más recientes con niños sugieren que los primeros recuerdos probablemente sean más antiguos, pero a medida que crecen se olvidan y las primeras experiencias se remontan a los seis años de edad.



Dime a que cultura perteneces y te diré cual es tu primer recuerdo

Los primeros recuerdos varían mucho en contenido: podemos recordar ese juguete que tanto nos gustó, esa vez en que hicimos algún daño o cuando nos mudamos de casa. Pero es curioso cómo estos primeros recuerdos están profundamente influenciados por la cultura.

Un estudio muy interesante realizado en la Memorial University of Newfoundland, Canadá, reveló que es más probable que los niños canadienses recuerden sus primeras experiencias de juego en solitario y sus transiciones personales, como cuando empezaron la escuela o se mudaron a casa. Por el contrario, los niños chinos tienden a recordar las interacciones familiares y escolares. Evidentemente, el entorno en el que crecemos determina la importancia que damos a una u otra experiencia, en función de los valores que promueva la sociedad en la que vivimos.

¿Por qué recordamos algunas experiencias y no otras?

Aún no está claro por qué algunas experiencias tienen un lugar especial en nuestra memoria, mientras que otras se eliminan. Pero no hay duda de que los recuerdos de la primera infancia que tienen los adultos se refieren a eventos con fuerte significación emocional, algunos son negativos, como accidentes y lesiones, otros son experiencias felices como un día de vacaciones o una 'excursión'.



De hecho, estudios más recientes indican que nuestros primeros recuerdos pueden no ser experiencias aleatorias, sino que reflejarían los detalles más significativos de nuestra infancia o incluso representarían una parte de nosotros que queremos conservar. Por ello, se afirma que más allá del impacto emocional, para que una experiencia se consolide y perdure en nuestra memoria, es fundamental que tenga coherencia.

Esto significa que una experiencia será memorable en la medida en que la consideremos importante para nuestra vida. Por ejemplo, un empresario es capaz de recordar la primera vez que habló frente a su clase, mientras que un activista de los derechos de los animales puede recordar una experiencia infantil con animales que lo marcó e inspiró particularmente.

Entonces, en realidad, esos primeros recuerdos autobiográficos no se deben solo al azar y no solo reflejan el camino de nuestra vida, sino que también indican en qué nos hemos transformado. Estos primeros recuerdos no solo son un reflejo de la influencia del contexto cultural y social en el que crecimos, sino que también indican el impacto emocional que tuvo nuestra infancia en nosotros.

Además, esos recuerdos se convierten en la materia prima que utilizamos para formar nuestra identidad, nuestro "yo". La persona que somos depende, al menos en parte, de los hechos que nos moldearon, de cómo los enfrentamos y también de cómo elegimos recordarlos, porque la memoria no es una copia fiel de lo sucedido, sino que se reinventa continuamente.

Por tanto, muchos de los recuerdos de nuestra infancia son en realidad información que hemos decidido conservar, consciente o inconscientemente, porque es importante entender quiénes somos y por qué estamos en este momento de nuestra vida. Esos recuerdos darán sentido al "yo" que hemos construido, ayudándonos a reorganizar la información que nos permitirá reafirmar nuestra identidad.



Por un lado, esos recuerdos son positivos porque nos permiten mantener una cierta coherencia, pero también pueden convertirse en obstáculos que nos impiden crecer, sobre todo cuando se trata de recuerdos traumáticos. En estos casos, debemos recordar que no podemos volver atrás y reescribir nuestra infancia, pero sí podemos elegir qué recuerdos guardar. Por supuesto, no se trata de intentar eliminarlos, sino de reevaluar su impacto emocional. El pasado nos ayuda a comprendernos a nosotros mismos, pero no necesariamente tiene que definirnos y, sobre todo, no tiene que escribir nuestro futuro.



 

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