Carta a la ansiedad: ¿dónde estamos?

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Robert Maurer
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Carta a la ansiedad: ¿dónde estamos?

Querida ansiedad, sinceramente no me gustas. Pero entiendo que, a tu manera, quieras ayudarme. Hemos cambiado mucho desde nuestra primera reunión dramática y necesito darle un nuevo asiento.

Última actualización: 07 octubre, 2020

Con una carta a la ansiedad tratamos de averiguar dónde está nuestra relación con este síntoma. Hemos cambiado mucho, ha llegado el momento de redefinir la ansiedad y situarla en una nueva dimensión que nos haga sentir más cómodos y más honestos.



Nuestra relación con la ansiedad siempre ha sido complicada, a veces tortuosa. A veces nos daba ese empujón que faltaba. Nosotros escribimos una carta a la ansiedad para entender cuanto nos duele aun y, sobre todo, para reformular preguntas que aún no han sido respondidas.

Carta a la ansiedad

Las cartas suelen empezar con "querido" o "mi amigo", pero esta es una carta para la ansiedad. Es difícil considerar la ansiedad como una amiga o incluso amarla. Como repetimos una y otra vez, el amor no tiene por qué doler. En este caso la angustia tiene una hoja muy afilada, capaz de penetrar profundamente.

Entonces podemos probar con "querido compañero". Compañera porque la encontramos puntualmente a nuestro lado, excelente porque no cabe duda de que su presencia es cuanto menos particular y significativa entre las posibles experiencias de vida.

Querido compañero, te escribo esta carta para que comprendas cómo posicionarte en este punto, cuánto me puedes doler todavía y qué camino has recorrido conmigo. Hemos cambiado, mucho, y necesitamos revisar nuestros espacios.

Un primer encuentro trágico

En una carta a la angustia es difícil no referirse al primer encuentro. Un encuentro que tiene algo en común con los amores románticos del cine: ha dejado una huella imborrable en la memoria. La primera vez que estuvimos en su compañía fue una experiencia repentina e inesperada.



Sin previo aviso, sacudió cruelmente nuestro cuerpo. La sensación de ahogo, las náuseas, el corazón latiendo rápido para escapar de una muerte que de repente parece inminente. Se ha infiltrado en nuestro disfrute de la comida, en nuestro sueño, trayendo dolores por todo el cuerpo. Decir que hemos perdido el control sobre nosotros mismos es poco para describir esta experiencia.

Después de un período que pareció interminable, alguien le puso un nombre. No era el corazón, no era la enfermedad mortal que temíamos tener. Era ella, la destinataria de esta carta. Y comenzaron las preguntas sin respuesta y el dolor. "¿Por qué ahora mismo, si yo estaba bien?" "¿Cómo puede la ansiedad hacerme esto?" o "¿Qué puedo hacer para deshacerme de ella?".

Dejé de odiarte cuando me di cuenta de quién eras

Mientras tratamos de escribir esta carta, el recuerdo de cuánto odiamos la ansiedad vuelve con fuerza, mientras tratábamos de alejarla a patadas, gritando mil veces "¿qué quieres de mí?". Ciertamente no faltan razones para odiarlo: sufrimiento, cansancio, soledad.

No es difícil alimentar este sentimiento cuando pensamos que nos ha distanciado de las personas que más amamos, con el voto implícito de silencio que nos prohibe pronunciar su nombre.

El odio, sin embargo, no es una emoción que podamos guardar por mucho tiempo.. Su intensidad se debilita y ya estábamos agotados. Así es, consumida por tanta ira. Y luego empezamos a aceptar, con los dientes apretados, que se quedaría con nosotros indefinidamente. Decidimos escuchar y hacernos esas mismas preguntas sin respuesta, con toda la paciencia que pudimos reunir.


Y la ansiedad, para responder como un eco: "¿Estás seguro de que todo estuvo bien?", "¿Por qué ahora?". Este eco nos reveló algo, finalmente entendimos: estaba allí para amplificar nuestra voz sofocada durante mucho tiempo.


Una voz interrumpida demasiadas veces que ha decidido hacerse escuchar de una vez por todas, sin importar las maneras amables. Todavía hoy le preguntamos con resentimiento: "¿pero todo esto era realmente necesario, sólo para hacerte escuchar?".

Mi amigo, escucha...

Aunque todavía no podamos llamar "amigo" a este compañero de vida dramático, ciertamente hemos ganado un aliado en nuestro difícil viaje. Este amigo invaluable se llama escuchar y es versátil. A veces nos pide que estiremos los oídos hacia fuera, otras veces hacia dentro.

Escuchar, sí, es un verdadero amigo. De esas que te hacen notar las cosas bonitas, que en el momento no logramos apreciar y las otras en las que lo estamos desordenando todo y necesitamos sacudirnos. Tenemos que respetar esta amistad, nos guste o no.


Concluimos esta carta describiendo nuestra percepción actual de la ansiedad; una de las razones que nos impulsó a escribir. Ahora queremos hablar directamente a la ansiedad.

Querida ansiedad, sinceramente no me gustas. Pero entiendo perfectamente por qué existes y que vienes a ayudarme con tus formas bruscas. Sé que cuando me alío con la escucha, vienes menos a visitarme. Pero no importa, si regresas, trataré de no enfadarme demasiado, de no ahuyentarte antes de entender por qué viniste a llamar a mi puerta. Pero entiendes que es difícil. No te prometo nada.

Escribe una carta a la ansiedad

Escribir una carta a la ansiedad es entablar un diálogo interior con ella, abre nuevos caminos hacia una mayor conciencia. Los síntomas, como la ansiedad, suelen ser la punta del iceberg sumergido en la oscuridad del inconsciente.


La psicoterapia narrativa, con técnicas como escribir una carta, puede facilitar el proceso de transformación de sentimientos en palabras. Te invitamos a escribir tu carta de ansiedad, tratando de define la relación que tienes actualmente con este síntoma. ¿Qué apertura tendría?

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